Enrique G.L. ¿Cómo se define?
Vicente García Hernández -Persona ante todo: que alguna vez se
asombra ante las cosas y ante las palabras que las dicen, y trata, también con
palabras, de comunicar ese asombro. Ser poeta no es ningún misterio; en todo
caso, el misterio está en que no todo el mundo lo sea. ¿Es que no hay asombro
en las personas? Pues a la comunicación de este asombro, si lo logro, lo llamo
poesía. Es decir, otro asombro. Y eso creo que es el poema. Como ve usted, yo
no me defino: defino al poema: asombro que se hace palabra; y, si me lo
permite, también asombrada. Palabra asombrada; no está mal.
E.G.L.- ¿Su poeta favorito?
V.G.H.-Muchos.
Desde los clásicos -Quevedo y San Juan de la cruz sobre todos- a los más
modernos, como Juan Ramón Jiménez, Borges, Cernuda, Blas de Otero, Gimferrer,
Rafael Morales; y entre los de otras lenguas, Walt Whitman, Baudelaire, Paul
Valéry, Eliot, o Wislawa Szymborska, y de los últimos, no sé, alguno. Me
refiero a los últimos en lengua castellana. La verdad (y con perdón), no sé si
escriben poesía. O, sí; no sé. Es cierto que a veces dicen cosas hermosas, pero
de un modo discontinuo, y gélido, y no sé si eso es poesía, o es más poesía. No
sé.
E.G.L. - ¿Cuál vocación fue anterior la de poeta o la de sacerdote?
V.G.H.-Yo
la poesía (quizá esté equivocado) no la veo como una vocación, sino como un
accidente. Un día te llenas de palabras que expresan cosas (la belleza, el dolor,
la angustia, la libertad, el silencio, la sima de un espejo, el mar, el amor,
el miedo, un perro que hace pis y que parece con su pata sostener una pared mientras
lo hace, etcétera, palabras mayores y menores) y deseas decirlas, y, al decirlas,
dicen que haces poesía, y te lo crees, y sigues, y, así, hasta el infinito. Y,
si lo dicen, pues haces poesía. El sacerdocio sí es una vocación, y viene después,
tras la llamada. Hay una llamada, que sientes dentro, y entonces tratas de dar
respuesta a esa llamada, de echarla fuera de ti, te preguntas de dónde viene,
qué es, y, entre tanto, te haces cura. Y das gracias por haber tenido oído para
escuchar esa llamada, y sigues, y, al fin, concluyes sintiendo que fue hermoso
seguir esa llamada. Y, cuando vienes a decir eso, se te ha ido la vida, y ya
digo, dando gracias. El poeta, por el contrario, y como he dicho, se hace al ir
de asombro en asombro, de palabra en palabra, de destello en destello, dejando
éste (o estos asombros) en el poema, para, en él, amarlos. Amar asombros, como
diría Aristóteles de la filosofía. Amar ensueños.
E.G.L. -¿Es la poesía un medio para más allá de las apariencias, percibir y agradecer "la belleza
oculta del corazón?
V.G.H.-Sí,
¿por qué no? Aunque la belleza (o la fealdad) creo que no están en el corazón,
sino en las cosas. Lo que sucede es que el corazón (o el espíritu, mejor, o lo
que alienta en tu ser) da con esa belleza y hace mudanza de ella a su interior,
y la gusta, y hasta deja que sea vida suya, y luego la reviste de palabras, que
vienen a expresar lo que la belleza de esas cosas han supuesto para el
espíritu, y, al decirlas, nace la poesía. Hay como un renacer de las cosas en
las palabras con que el poeta las dice. En todo poema existe, creo, una
conjunción entre la belleza (o fealdad) de las cosas y lo que el corazón siente
ante ese mundo de belleza (o fealdad). Creo, además, que las cosas no están del
todo creadas hasta que un poeta las dice. El poeta acaba lo que Dios (soy creyente)
empezó. Es como un Big Bang espiritual, algo incomprensible y extraordinario,
que te transforma. De la brasa de la belleza (o de la fealdad), el poeta recrea
el fuego, y lo hace esplendor, luz nueva, fealdad redimida, quizá, en el poema.
No sé.
E.G.L. -¿Cree que la poesía debería considerarse menos un valor
supremo en sí mismo y más vehículo de transmisión de un mundo interior, de una
serie de valores y principios?
V.G.H.-Ambas
cosas a la vez, creo. Hay poesía que sobrevive, que trasciende al poeta que la
hizo. Y, en este caso (si así puede decirse), es un valor supremo, en sí misma.
Desaparecido el poeta, queda el poema. El Everest que aturde y cautiva. Queda
la piedra tallada del poema. Y, para mal o para bien, puede ser, al tiempo,
transmisión del mundo interior del poeta al otro mundo de fuera del poeta. Ese
mundo de fe y de miedos, de luz y de sombras, de belleza e incluso de fealdad.
E.G.L. - Ha recibido usted numerosos premios literarios... ¿está
satisfecho de que su producción poética, gracias a la difusión que estos
reconocimientos suponen, pueda calar en los lectores?
V.G.H.-Puede
ser; pero los premios poéticos no dejan de ser premios a un castillo interior,
esencial, íntimo, que apenas tiene repercusión mediática fuera. Me da la sensación
que la poesía sólo la leen, gozándola, otros poetas, y algún que otro loco
explorador de intimidades o de interiores de catedrales góticas, bellas e inquietantes,
como puede ser el alma del poeta.
E.G.L. - Supongo que los grandes místicos del siglo XVI habrán
supuesto para usted una rica influencia para expresar la espiritualidad en sus
poemas...
V.G.H.-Desde
luego, casi todos. Casi todos a los que es posible acceder hoy. He leído, más
que a otros, a Santa Teresa, a San juan de la Cruz ; y menos, a Fray Luis de León, a Fray Luis
de Granada, a Antonio de Molina, etcétera. Pero lo de las influencias (que las
hay) son limitadas. Entre otras cosas porque la espiritualidad que emana de mi
poesía, no es ni ascética ni mística, es más bien la de un «poeta ardiente y
sediento, doblemente humano por ello», que, partiendo de la palabra, recrea el
espíritu del hombre. Florencio Martínez Ruiz, gran poeta y mejor crítico, decía
en su Nuevo mester de clerecía, que
en mi poesía se daba «un proceso expresivo de los más apasionantes por su depuración
manifiesta». «Hay -señalaba- toda una esencialización profunda, que va
decantado hervores y fervores desde la inicial y atormentada zozobra existencialista,
hasta el desnudo y escueto poder comunicativo de la palabra». En mi poesía, la
palabra está por encima de todo. Como medio de expresión y comunión, y como
marco del ser y la belleza (o fealdad, injusticia, etcétera) de las cosas.
E.G.L. -¿Es más fácil poetizar sobre lo tangible, lo social o sobre
las realidades espirituales e inmateriales?
V.G.H.-Es
indistinto, creo. Toda realidad tangible o social, al fin, toma cuerpo de realidad
espiritual e inmaterial en el interior del poeta, en el alma de sus palabras,
que son las que dicen y cantan los sentimientos. Si lo tangible y lo social, el
ser humano, en definitiva, se hace emoción, pasión, estremecimiento, asombro en
el alma de las palabras del poeta, serán realidades espirituales e inmateriales
en el poema, como es toda poesía que se precie.
E.G.L. - Su localidad -Molina de Segura- es especialmente prolífica,
de ella han salido grandes autores como Illán Vivas, Jerónimo Tristante, Lola López
Mondejar o usted mismo... ¿qué opina de este grupo de poetas y escritores que
han pasado a ser conocidos por algunos como "generación del meteorito"?
V.G.H.Que
es algo insólito, maravilloso. Si los meteoritos suelen destruir vida, dicen,
en este caso ha servido para crear vida literaria, en Molina, con un Paseo de las letras y todo, donde la Escritura (el arte de la Escritura ) se ha hecho
nombre y apellidos de una cierta y esperanzadora relevancia. Como de fantasía.
E.G.L. - Habla usted en un poema de "Lavar los pies,
enjugar las lágrimas, dar la mano al de manos limpias, y al de manos sucias". Esto ahora no está de moda,
y los que lo hacen no tienen reconocimiento alguno (tampoco lo buscan), son
anónimos y ensombrecidos por otras noticias malas que llenan los periódicos y
parece que tampoco queremos verlos, porque nos recuerdan lo que deberíamos
hacer... ¿Qué opina al respecto?
V.G.H.- Que
es así. «Dar la mano al de manos limpias / y al de manos sucias», dice el
poema. Y sigue: «Besar las llagas del bueno / y del oficialmente malo…» No se
estila; pero ahí está. Un día, alguien como usted lo lee y siente que algo
eléctrico, distinto, lo ha tocado, una suerte de gracia especial, y se
conmueve, y entonces descubre que el poema ha cumplido su misión, la de
asombrar y emocionar, y hasta la de intuir caminos nuevos, y cielos nuevos, que
es misión del poeta.
E.G.L. -¿Sobre qué temas trata actualmente en sus poemas?
V.G.H.- Sobre
los de siempre. No hay poeta que no se repita. Ahí tiene usted una flor de
almendro, por ejemplo, todos los años se repite y nunca deja de fascinar y
turbar. Los temas de los poetas (aun de los llamados malditos) siempre son los
mismos. Coja usted el poeta que quiera y verá que todos nos repetimos, salvo
que cada uno siente y dice las cosas de un modo distinto. Como la naturaleza,
que cada vez dice las mismas cosas, pero haciendo que éstas sean distintas e
igual de hermosas, y asombrosas.
Gracias

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