Vicente Cervera Salinas (Albacete, 1961) es Catedrático de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Murcia, pero su dedicación a la literatura va más allá de su labor investigadora o docente, la poesía forma parte de su vida y esto puede ser comprobado con solo leer alguno de sus libros, entre los que se puede citar De Aurigas inmortales, El alma oblicua o Escalada y otros poemas, este último prologado nada menos que por el fallecido José Emilio Pacheco, uno de los grandes poetas hispanoamericanos.
Enrique G.L.- ¿Cuál fue el motivo por el que tomara la decisión de especializarse en Literatura
Hispanoamericana y comenzar su investigación hasta llegar a ser catedrático?
Vicente
Cervera Salinas -Tiene un nombre propio: Jorge
Luis Borges. La lectura de su Obra Poética fue para mí una
auténtica revelación y, cuando tuve la opción de escoger un tema para mi Tesis
Doctoral, me inicié en el ámbito de investigación sobre la literatura
hispanoamericana de su mano. Fue el Maestro en las puertas del laberinto. Hay
que tener en cuenta que por entonces (hacia 1986), los estudios académicos y
universitarios sobre la poesía de Borges eran más bien escasos, en relación a
la maraña de referencias bibliográficas sobre su obra narrativa. Sin embargo,
lo que verdaderamente me entusiasmó fueron sus poemas y su concepto de la
poesía.
E.G.L.- ¿Cómo fueron sus comienzos como
poeta?
V.C.S.-
Recuerdo haber compuesto poemas y letras para canciones desde mi infancia.
Con ocho años ya tenía algunas composiciones memorizadas, cuya inocencia tenía
el encanto de lo improvisado, divertido y natural. En general eran letras que
componía mentalmente para canciones que yo mismo inventaba tarareando. El hecho
de que mi padre, José Cervera Tomás, nos recitase a los hermanos poemas desde
niños fue muy importante en mi caso para desarrollar un instinto lírico y
musical, así como una afición a la memorización de poemas. Hay referencias a
esta etapa de mi vida en poemas como “Azul heraldo” o “Ánfora”, incluidos en
“Escalada y otros poemas” (2010).
Si hemos de hablar de comienzos como
poeta en el sentido de obra publicada, entonces tendremos que avanzar hasta los
años noventa, cuando publiqué mi primer poemario, De aurigas inmortales (1993), que contenía textos escritos desde
mediados de los ochenta hasta la fecha de publicación. Desde entonces hasta
ahora, he publicado tres poemarios más.
E.G.L.- ¿Cómo definiría la poesía como
forma de vida y como género? Aquí he de aclarar
que me refiero a la Poesía, al espíritu que movió a Bécquer y no a la poesía
(con minúsculas).
V.C.S.-
Partidario como soy de la tradición romántica alemana, no puedo dejar de
evocar el espíritu de los iniciadores del movimiento, en especial de Novalis,
para quien era evidente la necesidad de “romantizar el mundo”. Su significado,
que intenté desvelar en mi ensayo La Poesía y la Idea. Fragmentos de una vieja
querella (2001-2007), supone una modo
distintivo de estar en el mundo, de experimentar la relación entre el yo y la
realidad, desde la emoción, pero también desde la consciencia máxima. La poesía
es, para mí, la verbalización de una impresión o experiencia que deja una
huella en nuestra alma. Por verbalizar entiendo no sólo la necesidad de escoger
las palabras adecuadas, sino también la de formalizar esa emoción de modo bello
y unitario, aunando las enseñanzas idealistas de Platón con el imperativo
material aristotélico: materia y forma en poesía. Para ello es preciso
construir nominalmente un texto donde el sentimiento primigenio renazca, pero
restaurado por el arte poética de un modo “eterno”.
E.G.L.- Algunos poetas como Espronceda,
muy reivindicativos hasta a veces llegar al grito, son menospreciados. Desde su
óptica como poeta y experto en literatura. ¿Desde qué tamiz cree que tendrían
que ser mirados poemas como Canto a
Teresa o sus poemas sociales?
V.C.S.-
La poesía no admite adjetivos que la definan, aunque sí que la identifiquen
con unas tendencias, movimientos o esquemas ideológicos. Y José de Espronceda,
por muy menospreciado que pueda estar en determinados sectores puristas,
escribió Poesía. El hecho de que su obra haya trascendido, se haya leído y
aprendido, se conserve en la memoria colectiva y haya calado tan hondamente en
la historia de nuestra literatura y nuestra cultura ya le hacen merecedor de un
respeto, al margen de nuestros gustos. No creo que la subjetividad deba
prevalecer como único patrón valorativo. El Diablo Mundo (con su Canto a Teresa, que tú
citabas, o El estudiante de Salamanca
son obras desiguales en sus méritos, sin duda, pero que conservan un hálito
poético indudable, alcanzando momentos magníficos y memorables, si bien su obra
no haya perseverado en la tradición más esencialista o intimista, que haría
trascender a Gustavo Adolfo Bécquer como epítome del poeta romántico español.
E.G.L.- ¿Se ha perdido el concepto de
poeta maldito y rebelde consentido?
V.C.S.-
Se ha adocenado y vulgarizado más bien. El poeta maldito lo fue en una
época en que determinados comportamientos antisociales, un modelo de vida o de
conductas extremadamente marginales o anti-convencionales derivaron en
expresiones poéticas afines a esa conducta transgresora en relación a la
sociedad del momento. Pensemos en Charles Baudelaire, en Paul Verlaine, en
Arthur Rimbaud, por ejemplo.
Hoy en día nos hemos quedado con el
estereotipo de lo maldito, y se aplica indiscriminadamente a quien repite
algunas conductas o comportamientos que en su momento pudieron ser censurados,
pero que hoy en día no tienen la misma repercusión, sin duda.
Me temo que nuestra sociedad actual
se mueve excesivamente por modelos estereotipados, y eso termina restando
originalidad, personalidad, unicidad y autenticidad a las manifestaciones
artísticas y humanas en general.
E.G.L.- El "yo" en la
poesía, en la lírica, es un tema muy discutido. Es un "yo" distinto
del "yo" narrativo homodiegético, es un "yo" que, como diría
Kafka, es a la vez "Él". ¿Cuál
cree que el hilo de Ariadna, por así decir, del "yo poético", lo que
lo hace diferente y único frente a otras formas?
V.C.S.-
En mi ensayo La
poesía de Jorge Luis Borges: historia de una eternidad (1992) establecí un catálogo de voces poéticas, basándome precisamente
en sus grados de cercanía o distancia en relación al autor del texto. En ese
sentido, considero que una voz poética tiene el mismo derecho a crear todo tipo
de personalidades poéticas que se le reconoce sin extrañeza a una voz
narrativa. Por ello contaríamos con voces poéticas más implícitas o más
explícitas, y dentro de estas habría algunas más identificables y otras, menos.
Los “monólogos dramáticos” darían buena cuenta de este proceder. Escribir un
poema desde el yo no significa siempre que ese yo sea una simple proyección del
autor histórico. Recordemos la magnífica prosa poética “Borges y yo”, donde
justamente el vate argentino ironizaba sobre esa identificación perversa entre
las dos figuras.
No obstante, el “yo poético”, por
regla general articula su creación desde una instancia cercana, como dijimos
antes, a la recreación de un sentimiento, emoción o experiencia muy vívidos,
que precisan reproducirse en la arquitectura de un poema, por lo que esa
recreación convierte al género poético en algo más cercano al “presente”,
aunque ese presente sea una “presencia” de algo acaecido en un pretérito nebuloso,
o incluso algo meramente imaginado o proyectado hacia el porvenir.
E.G.L.- Al leer un poema, el tiempo se
colma de actualidad. ¿Cree usted que el poeta instala sus creaciones en una
"presentez"?
V.C.S.-
El término “presentez” no me convence, Enrique. Prefiero, con Octavio Paz,
el término “presencia”, como “manantial del presente”.
Así es, como hemos visto antes: el
poema se hace eterno ya que el poeta ha conseguido acrisolar en palabras una
experiencia determinada. Esto supone que ha escogido las palabras precisas y
necesarias, así como la estrofa, el verso, la rima (en su caso), los acentos,
el ritmo, las cadencias y las figuras retóricas adecuadas para que esa
expresión se haya fijado de manera hermosa y “definitiva”. Todo ello, toda esa
magia (pero también toda esa elaboración: esa labor o mester poético)
posibilita la actualización del poema, donde las palabras se colman de una
presencia viva. Así surge ese “tiempo poético” que –como bien dijo Gaston
Bachelard- también es un “tiempo metafísico”.
E.G.L.- Antonio Machado dice que
"al poeta no le es dado pensar fuera del tiempo"; señala que el poeta "profesa más o menos
conscientemente una metafísica existencialista en la cual el tiempo alcanza un
valor absoluto". Esto va más allá del tópico heraclitiano. A la luz de los
versos de Machado: "Ni mármol duro ni eterno/ ni música ni pintura/ sino
palabra en el tiempo." , ¿cuál es la interpretación que usted hace sobre
estas palabras de Machado?
V.C.S.- La poesía establece una
misteriosa dialéctica entre el tiempo y la eternidad, por lo que ya he
comentado previamente. Machado, discípulo de Henri Bergson, concibe la
experiencia poética inserta en la noción de “durée” bergsoniana: el tiempo como
“continuum” o prolongación mantenida, pero viviente y, por tanto, cambiante
también, de las cosas. Al ser mutable remite a Heráclito, pero al tratarse de
una continuidad permanente de todo lo vivido, de algún modo el tiempo pasado
está en esa gran bola de nieve que es el momento presente, un tiempo-duración
que va creciendo y agrandándose, pero en cuyo interior perdura toda la
sustancia de lo que fue. Parménides convive así en su idea de la permanencia
con la realidad fluyente de Heráclito. Machado, sabiamente, conjuga ambas ideas:
la poesía es la palabra en el tiempo; el poeta –en efecto- piensa (medita,
compone, crea) en el tiempo, pero su creación tiene una relación de amor con lo
permanente, puesto que también “en el tiempo” el poema se repite a sí mismo
siempre que se vuelve a leer o recitar. Borges lo expresó de modo diáfano en su
“Arte poética”: “También es como el río interminable/ que pasa y queda y es
cristal de un mismo/ Heráclito inconstante, que el mismo/ y es otro, como el
río interminable.”
Vemos aquí como Borges no contrapone lo
que pasa y lo que permanece, sino que insinúa que la poesía es un río que
fluye, pero que siendo distinto conforme pasa, y siendo “otro”, no deja por
ello de ser el mismo río “interminable”.
Además,
y si me permites explayarme, Machado deja también claro que la poesía, por
mucho que la cotejemos con otras expresiones artísticas, siempre será creación
temporal (algo que comparte con la música, pero que lo diferencia de la
dimensión estática de un cuadro o de una escultura), pero que –frente a la
música- precisa de la palabra, materia fónica y significativa, mucho más
compleja en su naturaleza que un sonido musical. Tal vez por ello Rubén Darío
le hará decir al poeta de “El velo de la reina Mab” que “el ideal flota en el
azul”.
E.G.L.- ¿La poesía es más un espacio
colmado de tiempo o un tiempo espacializado en el que se instala el poeta?
V.C.S.-
Ya te respondí antes. Es tiempo metafísico que se formaliza a través de las
palabras. Su espacio es el poema. Su tiempo está vertebrado en el espacio del
texto, pero se torna vivo y fluyente de nuevo cuando es recreado en una
lectura. Imagínate que pudiésemos envasar la luz. La luz es el poema, no el
recipiente. Pero gracias al recipiente, la luz volvería a esplender cuando lo
destapásemos. Estaría viva y “contenida” al mismo tiempo.
E.G.L.- La poesía tiene muchos
vínculos con la filosofía. En muchos poetas el logos está especialmente
presente. Un ejemplo paradigmático es el gran Jorge Luis Borges.
V.C.S.-
Aquí he de remitirte a mi trabajo La poesía del logos, donde estudié la dimensión filosófica de la poesía en Borges. En La
Poesía y la Idea. Fragmentos de una vieja querella establecí una distinción entre los poetas del “logos” y los del
“mythos”, es decir, los que aspiran a la idea universal a través de la palabra
concreta, y los que tienden a la particularidad a través del culto verbal o
subjetivo. Frente a la expresión clásica y paradigmática estaría la lírica
vanguardista y lúdica, aquella que prefiere jugar con las palabras y buscar la
sugestión de lo desconocido. Ambas son valiosas y dignas de respeto, por
supuesto, y tal vez no están tan alejadas como parece.
E.G.L.- Usted ha publicado obras de
ensayo sobre literatura, es poeta y además, amante de la poesía (todo poeta
debería serlo). ¿Cuál cree que son los principales vínculos entre ensayo y
poesía, entre pensamiento y poesía? Evoco automáticamente con esta cuestión a
Octavio Paz.
V.C.S.-
No todos los poetas han ensayado sobre la creación poética, pero los que lo
han hecho, han creado textos ensayísticos magníficos: piensa en Dámaso Alonso,
Pedro Salinas, Jorge Guillén o Luis Cernuda, en la poesía española de la
primera mitad del XX, o en Octavio Paz, Julio Cortázar, José Lezama Lima,
Severo Sarduy o José Emilio Pacheco, en la hispanoamericana de su segunda
mitad. Alfonso Reyes decía que el crítico nacía del propio artista, cuando era
capaz de distanciarse y contemplarse a sí mismo en un movimiento especulativo y
asimismo creativo, pero en segundo grado. Oscar Wilde defendía al crítico como
artista, y poetas y ensayistas de finales del siglo XIX, como José Martí,
defendieron los mismos valores fraternales y el mismo culto pasional a la
poesía como “hierro” fecundante en sus poemas y en sus ensayos. Desde luego
tienes razón en citar a Octavio Paz, que habló de modo tan lúcido sobre la
inspiración poética en El arco y la lira.
E.G.L.- García Márquez ha dejado
huérfano el mundo de la literatura, especialmente el de la Hispanoamericana.
¿Cómo resumiría en unas palabras la importancia que este gran autor ha tenido
en la historia?
Consiguió aunar el reconocimiento de
la academia (Universidades, especialistas, investigadores, etc.) con el culto
de los lectores de toda condición, desde los menos instruidos a los más voraces
lectores sin títulos académicos. Esa valoración unánime en cuanto a la grandeza
de su obra desplegó hasta dimensiones inauditas su difusión, internacionalizando
la literatura hispanoamericana y desgajándola para siempre de la pátina
regionalista o nacionalista que hasta la aparición de Cien años de soledad había tenido, al margen de la valoración
artística de dicho acervo novelístico previo al colombiano.
Otra manera de ponderar sus méritos
es reconocer que su obra revela el arte de la narración en estado puro: la
capacidad de instalarse en un registro de relato tan sugerente como
germinativo. García Márquez narra “rizomáticamente”, que diría Deleuze, es decir,
sus narraciones proliferan y se expanden de modo natural y genuino. Sabe contar
como si aquello que nos relata fuese vital para los lectores, y su simulación
de “maquina infinita de narrar” termina siendo su más genuina baza como
escritor, porque compone de manera perfecta sus materiales y conoce de antemano
cuáles serán las fronteras de su relato. Es un mago en el arte de narrar.

Fantástica entrevista. Es un auténtico placer aprender de los Maestros, y, sin duda, Vicente Cervera lo es. Sus insondables y amplísimos conocimientos y su exquisita sensibilidad, así como su trato amable y cercano, hacen que su figura resalte de modo singular. La Universidad de Murcia puede sentirse afortunada de contar con él entre su nómina de profesores.
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